lunes, 8 de diciembre de 2014

3.- Animé

“La diferencia entre los monos chinos con los normales es que pelean más y muestran más potos”. Dile esto a un fan del anime (de la nueva o vieja escuela) y el rechinar de dientes se escuchará hasta Okinawa.


Fans del anime disfrutando de una humorada.


En Japón, la animación es anime. Todo. Incluso Disney. Por eso llamarlo un género es un error. Aunque no tanto.
Sailor Moon. Dragon Ball Z. Los Caballeros del Zodiaco.
¿Te suenan? Probablemente sí. Ojos grandes. Transformaciones. Muchas peleas y rayos de energía. Peinados de colores imposibles, fijados con lo que parece el presupuesto anual de los equipos de fútbol chileno en gel para el pelo. A simple vista, estas son las características definitorias de la animación proveniente de las islas japonesas. Pero si te atreves a cruzar las tentaculadas fronteras de la zona de confort hacia productos más actuales, te darás cuenta que la variedad de temáticas, tonos y tropes es tan rica como la cultura que los produce.


En Kuuchuu Buranko (2004, Toei Animation) estos tres personajes son un solo psiquiatra que con la ayuda de una prostituta enfermera e inyecciones de rotoscopía ayudan a oficinistas con erecciones permanentes a lidiar con sus problemas... o algo así.

En Japón es habitual clasificar las series animadas de la misma forma que los mangas (consecuentemente, buena parte de la animación popular está basada en esos comics en blanco y negro que vienen en libros parecidos a una guía telefónica). Shonen y shojo (chicos y chicas), seinen y josei (jóvenes y señoritas) dividen de forma gruesa el mercado. Sin embargo, esas barreras etarias son borrosas. Hay pocos límites claros en la media popular japonesa. Por ejemplo: Sailor Moon pertenece al subgénero de las magical girls, donde una jovencita con poderes mágicos lucha contra fuerzas del mal una vez a la semana mientras trata de seguir con su vida normal de (pre)púber. Puella Magi Madoka Magica (2011) se trata de lo mismo. Excepto que no es así. Gente muere. De forma horrible. Es una mofa deconstruccionista y a la vez religiosa a sus antecesores. Al igual que su diseño de personajes, es una serie cabezona.

Madoka, boquiabierta, por lo fome de mi chiste.
Los japoneses no le temen al sexo. No le temen a la violencia. No le temen a mezclar niños con las anteriores. Se atreven, porque saben que su audiencia se atreve. A veces es morbo, para vender. Pero a veces cruzar tabúes en ficción es necesario, porque la realidad no tiene un sentido muy desarrollado de la moral.

Mi intención no es que salgan a quemar biblias ni que se pongan a vomitar en su primera sesión de monitos made in japan, así que les recomiendo Tokyo Godfathers (2003), escrita y dirigida por el eminente Satoshi Kon.

Un borracho, un transexual y una adolescente fugitiva se encuentran un recién nacido en la basura en víspera de navidad. En Tokyo. Allá, durante el invierno, nieva. Gente muere. De forma horrible. Pero no tanto. Es una obra bastante entrañable. Media kawaii. Es considerada “familiar” (en Japón).

Adivina cual es la trama.
@bnúñeztupayachi

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