“La
diferencia entre los monos chinos con los normales es que pelean más y muestran
más potos”. Dile esto a un fan del anime (de la nueva o vieja escuela) y el
rechinar de dientes se escuchará
hasta Okinawa.
En Japón, la animación es anime.
Todo. Incluso Disney. Por eso llamarlo un género es un error. Aunque no tanto.
Sailor Moon. Dragon Ball Z. Los
Caballeros del Zodiaco.
¿Te suenan? Probablemente sí. Ojos
grandes. Transformaciones. Muchas peleas y rayos de energía. Peinados de
colores imposibles, fijados con lo que parece el presupuesto anual de los
equipos de fútbol chileno en gel para el pelo. A simple vista, estas son las
características definitorias de la animación proveniente de las islas
japonesas. Pero si te atreves a cruzar las tentaculadas fronteras de la zona de
confort hacia productos más actuales, te darás cuenta que la variedad de
temáticas, tonos y tropes es tan rica como la cultura que los produce.
En
Japón es habitual clasificar las series animadas de la misma forma que los
mangas (consecuentemente, buena parte de la animación popular está basada en
esos comics en blanco y negro que vienen en libros parecidos a una guía
telefónica). Shonen y shojo (chicos y chicas), seinen y josei (jóvenes y
señoritas) dividen de forma gruesa el mercado. Sin embargo, esas barreras
etarias son borrosas. Hay pocos límites claros en la media popular japonesa.
Por ejemplo: Sailor Moon pertenece al subgénero de las magical girls, donde una
jovencita con poderes mágicos lucha contra fuerzas del mal una vez a la semana
mientras trata de seguir con su vida normal de (pre)púber. Puella Magi Madoka
Magica (2011) se trata de lo mismo. Excepto que no es así. Gente muere. De
forma horrible. Es una mofa deconstruccionista y a la vez religiosa a sus
antecesores. Al igual que su diseño de personajes, es una serie cabezona.
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Madoka, boquiabierta, por lo fome de mi
chiste.
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Los japoneses no le temen al sexo.
No le temen a la violencia. No le temen a mezclar niños con las anteriores. Se
atreven, porque saben que su audiencia se atreve. A veces es morbo, para
vender. Pero a veces cruzar tabúes en ficción es necesario, porque la realidad
no tiene un sentido muy desarrollado de la moral.
Mi intención no es que salgan a
quemar biblias ni que se pongan a vomitar en su primera sesión de monitos made
in japan, así que les recomiendo Tokyo Godfathers (2003), escrita y dirigida
por el eminente Satoshi Kon.
Un borracho, un transexual y una
adolescente fugitiva se encuentran un recién nacido en la basura en víspera de
navidad. En Tokyo. Allá, durante el invierno, nieva. Gente muere. De forma
horrible. Pero no tanto. Es una obra bastante entrañable. Media kawaii. Es
considerada “familiar” (en Japón).
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| Adivina cual es la trama. |
@bnúñeztupayachi




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